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El amor a la docencia o amar a quienes no son tu sangre

Georgina Jorge Ramírez, MBE

Vengo de familia de maestros: mi abuelo, mis tíos, mi madre… Todos ellos enseñándome día a día que se necesita más que pararse ante un salón lleno de personitas que no son tus hijos a educarlos… O por lo menos, intentarlo. En mi caso, no quise complicarme tanto, pensé que sería mucho más sencillo ser profesora universitaria. Entonces decidí estudiar Ciencia Política en la UNAM. Ahí se me dio la primera oportunidad para ser profesora adjunta en la clases de Matemáticas, Investigación de Operaciones, Estadística y Matemáticas para las Ciencias Sociales. Agradecer la oportunidad al Mtro. Arturo Mérida Monroy, siempre es algo que tengo presente.

Después de eso, me fui a Boston a estudiar mi maestría en Bioética; lo que para mí siempre supe que era mi vocación desde los dieciséis años. Ahí, se me dio la oportunidad de tomar clases con Premios Nobel, ganadores de Pulitzer… En fin, el sueño para las personas que queremos dedicarnos a la academia.

Y la verdad es que el camino ha sido más complicado de lo que pensé: creía que con el talento nato para la investigación, tener facilidad de palabra y ser inteligente era suficiente… Vaya, qué chasco! Resulta que incluso para los adultos de universidad y posgrado se necesita lo que se conoce como “don de gente”.  Durante la maestría me topé con terrorismo académico, de esos gachos; capaces de mandar a personas seguras de regreso a su casa a Wyoming.

Sobrevivir a ambientes hostiles te hace replantearte la labor de la docencia, de educar. Para mí, ahora que doy clases en una universidad, me es casi imposible no involucrarme con los problemas de “mis niños”; quiero conocer sus contextos, sus inquietudes, que quieren después de terminar la licenciatura. Para mí, ese es un acto de amor.

Y ahora sí, un agradecimiento a mis profesoras y profesores que marcaron mi vida académica. Primero a mi mamá, a mi tío Jesús, a mi tía Fernanda. A la profesora Francis, a Pepe Woldenberg. Al Dr. Arrieta y al Dr. Gelaye, por dirigir mis tesis; y a mi abuelo Miguel, que además de docente, fue mi maestro de vida.

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